Llevamos siglos confinando a la naturaleza. Poniendo flores en macetas para contrarrestar el sombrío ladrillo. Talando árboles para “plantar” nuestras casas o ese camino que nos lleve al trabajo. Dejando apenas 1 metro cuadrado a un pino para que beba agua y nos ornamente el paisaje… Mientras que los paisajes reales los abandonamos, en todas las acepciones de la palabra ‘abandonar’. Cambiamos los pueblos y la naturaleza para (auto) confinarnos en el trabajo y en la ciudad. Prosperar le llaman.

Salimos a respirar en masa al campo, y en masa invadimos ese sitio de moda que tan bien queda en la foto para Instagram. Likes e ironía. Y cuando llega el sol de primavera, bajamos corriendo a ese parque que a duras pena nos sirve de ‘jardín’ a los habitantes de estas, cada vez más, megalómanas ciudades.

Coronamos inalcanzables cimas, encabezamos heroicas expediciones, conquistamos más allá de nuestros límites e, incluso, viajamos espacio exterior, pero no nos detenemos a recoger la basura que dejamos en ese camino de “desarrollo” y autocomplacencia.

Llevamos siglos cazando, persiguiendo y hasta exterminando especies animales. Medicina ancestral, dicen unos. Ganadería, otros. Tradición, la justifican algunos y otros tanto lo hacen por simple y cruel diversión. Los confinamos en jaulas para nuestro esparcimiento y a muchos los traemos de contrabando por (deleznable) placer. Es que son exóticos, justifican. Pero cuando ya nos incordian los abandonamos, como un simple regalo más tras Navidad. En una cuneta de camino a las vacaciones en la playa, porque esa es nuestra tergiversada superioridad.

Los hemos desterrado de su medio natural, porque la agricultura y la tala sin control son economía. Los hemos exiliado porque nuestras ciudades tienen que crecer (Sí, necesitamos que nuestros jardines de cemento sean más grandes). Porque nuestro turismo tiene que expandirse a toda costa y a costa de todo. Y luego les tememos, porque bajan en busca del alimento y el espacio que les hemos arrebatado.

Evolución dicen que se llama todo esto. La nuestra, claro está.

Pensamos en sueños e ilusiones para un futuro, y a la vez lo destrozamos desde el presente. Al planeta tierra le estamos confinando su presente y acortando su futuro. Aunque este sea otro virus, otra plaga o pandemia de esas que tampoco queremos ni ver ni saber ni hablar.

Foto, cortesía ©Sara Costa para Tendencias de Bodas / Editorial Sara

 

Ahora nos toca a nosotros. #QuedateenCasa que en hashtag queda bonito.

(pero cómo sea, quédate en casa por favor)

Tan sólo nos piden eso: confirmarnos en nuestros propios ‘hogares’. Que si, que dicho así suena como un lugar reconfortante y cálido, aunque para muchos está palabra tristemente ni exista. Pero quizás tú si tienes la suerte de tener un hogar. Y no, no hablo de medirlo en metros cuadrados. Ni de esa concepción inmobiliaria normalizada de “tres dormitorios, dos baños, salón-comedor, cocina, garaje y terraza o jardín” (bien adosado al del vecino). Ni por las vistas privilegiadas al Parque del Retiro o a la Bahía de Santander. Ni tan siquiera si –tu piso o esa gran mansión– tienen orientación sur o luz de patio  interior…

Hablo de un: H O G A R.

(tan sólo piénsalo).

Confinarnos. Es lo único que nos piden para ayudar a frenar una pandemia mundial que nos afecta a nosotros, a nuestra especie, a los dominantes del mundo. Y aun así parece que hay a quien la vida, y sus derechos e ilusiones individuales, se le va ante esta situación tan excepcional para todos.

Quizás es que tan sólo le tememos a lo que vemos. A eso que sí que puede acabar con nuestra crédula inmortalidad. Y el covid-19 es invisible y sigiloso. Nos han dicho que es “simple”. ¿O quizás que era “un simple”?. Una enfermedad más, quitan hierros unos (aunque a mi, la simple palabra ya, me cueste menoscabar). Todos con razón y todos sin razón a la vez. Vaya contrariedad.

Foto, cortesía ©Sara Costa para Tendencias de Bodas / Editorial Sara

 

Y no, la verdad no creo que bailar en 15 m2 sea imposible.

(realmente no necesitas más).

No, no creo que la falta de un balcón me impida pegar el rostro a la ventana y tomar el sol y oler la lluvia al caer. O disfrutar del silencio inédito de la ciudad, que en su quietud calma mis noches de incertidumbre. Quizás no vemos las arterías de la ciudad palpitar y colapsarse como estábamos acostumbrados. Quizás ya no nos crucemos con esa gente a la que ni le veíamos el rostro y por la que no nos tomamos ni un segundo para pedirle disculpas al tropezarnos en calles abarrotadas de autómatas. Quizás ahora mismo no es la misma ciudad de rutinas y estrés, de la que nos quejábamos no nos dejaba tiempo ‘libre’, ni para conciliar…

Y hablo en plural, en un mea culpa colectivo. No pretendo que esto sea un texto crítico (aunque llame a la reflexión) ni a discusión. Dejémoslo como una simple reflexión retórica.

Pues eso. Que solo nos han pedido que nos confinemos. Por ti, por mí, por los tuyos, por los míos, por los demás. Por evitar contagiar y contagiarnos. Con las renuncias que eso implica a nuestra forma de vida y economía sí, pero que a diferencia del confinamiento al que por siglos hemos obligado al planeta, el nuestro es tan sólo temporal y reversible.

Te lo deletreo: T E M P O R A L

El parque seguirá ahí, y ya lo volveremos a correr y pisar. Y el sol, saldrá mañana. Y los cielos se volverán a surcar y contaminar y los espacios a llenar de turistas (en masa) y las calles de ruido y los montes a talar.

Quizás ahora mismo vivir en un viejo piso de 45 m2 no sea un problema, siempre que sepas que dentro y fuera hay alguien a quién volver a abrazar. Porque si lo comparo con la tristeza inmensa de quien no puede decir su último adiós ni dar su último beso porque el coronavirus se lo ha llevado en aislamiento y soledad… (suspiro y reflexión)…

Deshumanizarnos y descontextualizarnos, dos cosas que serían aún peor que la pandemia misma.

Foto, cortesía ©Sara Costa para Tendencias de Bodas / Editorial Sara

 

Mientras.

Mientras, permitamos que el planeta respire de nosotros: su infrenable pandemia humana. Disfrutemos de verlo respirar, mientras dura nuestra cuarentena y curamos a nuestros heridos.

no queda
nada de lo que
preocuparse
el sol y sus flores están aquí.
– Rupi Kaur –

 

 


Texto ©Keyla Díaz G. y fotografías de ©Sara Costa para Tendencias de Bodas Magazine.
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