Olvídate de esa la generación de novias millennials llamadas a ‘revolucionar’ las bodas. El verdadero cambio sucedió un lunes, el del 10 de febrero de 1840 y su protagonista fue la Reina Victoria de Inglaterra, el día de su boda con el príncipe Alberto de Sajonia-Coburgo-Gotha. Y es que muchas de las tradiciones nupciales occidentales que aún conservamos se asocian con ella; aunque bien es cierto que sus orígenes pueden remontarse tiempo atrás en costumbres más paganas. Aun sí, podemos afirmar que la Reina Victoria fue una verdadera influencer, pues suyas son muchas de las costumbres y tendencias nupciales que en pleno siglo XXI se siguen llevando.

Un inciso. Más allá de la banalidad nupcial, o de la actualidad por la boda del Príncipe Harry y Meghan Markle, lo cierto es que ha sido la serie de televisión ‘Victoria’ –protagonizada magistralmente por Jenna Coleman– la que despertó mi curiosidad por la vida de esta mujer que se atrevió a desafiar hasta a la Iglesia en una época donde, según el clero, las mujeres sólo podían parir con dolor… hasta que la Reina decidió usar cloroformo para dar a luz a dos de sus últimos nueve hijos (puede sonar anecdótico, pero fue un apoyo fundamental para la anestesia y la medicina). En su más de 60 años en el trono, la reina también estuvo tras la revolución industrial de su país y la consolidación del Imperio Británico. Suyo es el nombre de toda una época: la victoriana. Y eso que fue coronada con sólo 18 años, en un país de monarquía parlamentaria (patriarcal) en la no tenía poder alguno, pero donde finalmente logro imponer su influencia.

Precisamente, y volviendo al mundo nupcial, la influencia de la Reina Victoria fue tal que –también– marcaría la celebración de las bodas modernas y el inicio de la que hoy se considera una tradición ineludible: vestir de blanco. Pero te vas a asombrar al saber todas las costumbres que rompió y las futuras tendencias que la soberana popularizaría tras su enlace.

‘El matrimonio de la reina Victoria’; pintura de George Hayter. (Foto, ©The Royal Collection)

– El inusual vestido de novia blanco de la Reina Victoria que se convertiría en la mayor tradición.

La tradición de llevar un vestido de novia blanco se adjudica a la Reina Victoria, aunque realmente ella no fue la primera aristócrata en hacerlo, pero sí en hacer popular la idea (gracias también a las múltiples ilustraciones y grabados que se difundieron de su royal wedding). Y se popularizó tanto que ha llegado hasta nuestros días como una tradición ineludible para toda novia occidental. Lo más curioso es que la propia Victoria estaba rompiendo con un patrón preestablecido para las novias de su época al elegir el color blanco. Paradójico, ¿a qué sí?. Una reina que rompe con lo establecido y lo convierte en la última tendencia de la Inglaterra de 1840… y de hoy en medio mundo.

La costumbre entre las futuras novias de la época era lucir vestidos de colores con bordados de oro o plata. En aquellos tiempos el color blanco era símbolo de riqueza (no de pureza ni virginidad, un añadido posterior con una interpretación exenta) y de que esa familia se podía permitir lavar los traje.

De la vida de Victoria de Inglaterra se conoce todo gracias a sus diarios personales. En ellos detalla hasta su exitosa noche de bodas (dicho por ella misma), e incluso hay un boceto de su vestido de novia junto a una descripción. Su vestido de novia aún se conserva y se puede ver en las exposiciones de la Casa Real Británica suele hacer. El suyo sería un vestido de novia confeccionado en satén de seda de Spitalfields con una amplia y pesada falda bordada en motivos florales, y una cola de cinco metros, cuerpo tipo corsé (tal como marcaba la moda de la época), con mangas abullonadas, escote de hombros al aire y un gran volante de encaje de bolillo de Honiton. Con la elección de los tejidos de su vestido la reina quiso apoyar a la industria textil inglesa que no pasada por un buen momento.

“Llevaba un vestido de raso blanco, con un profundo volante de encaje de Honiton, una imitación de un antiguo diseño. Mis joyas fueron mi collar y pendientes turcos de diamantes y el hermoso broche de zafiro de mi querido Alberto.”
– La reina Victoria en su diario –

Por cierto, si te fijas ahora en el vestido de novia de la princesa Diana de Gales, verás que las mangas de su vestido y los lazos que lleva parecen hacer un guiño a la Reina Victoria.

Su majestad la reina Victoria vestida de novia; retrato de Franz Xaver Winterhalter (Foto, ©The Royal Collection)

– Una reina enamorada, que le pidió matrimonio al novio y lució corona… de flores.

Victoria era una reina regente, la primera en siglos que se casaba estando ya en el trono, mientras que su primo Alberto no poseía ningún título superior al suyo. Tras la boda el pasaría a ser tan sólo príncipe consorte.  A pesar de la presión que su familia y el gobierno británico ejercían sobre ella para pactar un matrimonio (en tiempos donde la realeza –y muchas parejas– sólo se casaba según intereses) Victoria se casaba profundamente enamorada de Alberto. Y fue ese amor que profesaba lo que la hizo prescindir de su capa carmesí y de su corona de diamantes, símbolos de la reina que era.

También fue Victoria la que le pidió matrimonio a Alberto, ya que por su condición de reina no podía ser de otra forma, pero igualmente significó un cambio de roles sin precedentes en aquella época (así que, si lo estás pensando, no lo dudes, que no hay por qué normalizar esa obsoleta idea), y fue ella quien decidió no modificar los votos matrimoniales y prometer ‘obedecer’ a su futuro marido. En su diario apuntaría que quería parecerse más a una mujer real y menos a una reina.

En esa decisión de Victoria de ser “una novia” (más) y de prescindir de su corona de reina regente, optó por adornar su pelo con una corona de flores de azahar (que luego hizo bañar en cera para conservarla) y un velo de encaje. La flor de azahar adornaba también el escote de su vestido en un pequeño ramillete, una idea de embellecer los vestidos de novia con azahar que también se convertiría en una costumbre entre las novias de la época y las de la realeza europea en generaciones posteriores.

Extracto del cuadro de la boda de la reina Victoria con el príncipe Alberto; pintura de George Hayter.
(Foto, ©The Royal Collection)

– De las joyas, la tradición de la ramita de Mirto a sus doce damas de honor.

¿Quién dijo que las novias sólo pueden llevar discretas joyas?. Quién impusiera esta (supuesta) norma de estilo está claro que nació décadas después de la Reina Victoria, quien a pesar de prescindir de su corona de monarca sí que llevó tres majestuosas piezas de joyería. De hecho, sus grandes y largos pendientes de diamantes (a juego con el atractivo collar) están actualmente de ultimísima tendencia en complementos para novias. La tercera pieza era precioso broche de zafiro con diamantes, regalo del príncipe Alberto.

Desde la primogénita de la reina Victoria y el príncipe Alberto, pasando por su majestad la reina Isabel II hasta Kate Middleton, duquesa de Cambridge, todas las novias de la realeza inglesa han incluido una ramita de flor de mirto en sus ramos de novia. Fue Victoria hija quién impusiera esta tradición, aunque fue su madre la que cultivó este arbusto en Osborne House, donde más de 170 años después aún conservan descendientes en los terrenos de la casa (lo que viene a demostrar que tienen unos jardines excepcionales). No es la única Casa Real que conserva esta tradición, también lo hacen las novias reales suecas y danesas con una ramita del mirto del Palacio de Sofiero que se trajera para su boda en 1905 la princesa Margarita de Connaught, nieta de la reina Victoria y primera esposa del rey Gustavo VI Adolfo de Suecia.

Acuarela de la Reina Victoria de los vestidos de sus damas de honor (Foto, ©The Royal Collection).

– La entrada de su Majestad ‘the royal bride’ y sus damas de honor, aquel histórico lunes de 1840.

En una época, la actual, donde la gran mayoría de parejas no imagen sus bodas si no la realizan un sábado (y con un poco de suerte, hay las que eligen un viernes), sirva de ejemplo recordar que la reina Victoria del Reino Unido contrajo matrimonio un lunes. Tras la ceremonia religiosa oficiada en la capilla real del palacio de St. James, se ofreció un almuerzo a los invitados tal y como se estilaba entonces.

Victoria ascendió al trono de Gran Bretaña luego de que sus tres tíos, que la precedían en la línea de sucesión, fallecieran sin descendencia legítima. Su padre había fallecido siendo ella apenas una niña, así que aquel 10 de febrero de 1840 fue el Duque de Sussex, su tío materno, quien acompañó a la joven reina en su camino hacia el altar. Tras ellos iban las doce damas de honor, todas jóvenes aristócratas elegidas para formar parte del cortejo nupcial de la reina Victoria. En su famoso diario hay acuarelas que dejan ver el vestido que lucieron, con un estilo muy similar al de la reina: un diseño de hombros al aire con volante de encaje, confeccionado en glasé blanco con una doble falda de tul que se recogía en un lateral y adornaba con un ramillete de rosas blancas. Se dice que la reina pidió que nadie más en su boda vistiera de blanco, y se cree que de esta orden saldría la conocida norma de dress code.

Una idea que me encanta, y que debes copiar si estás pensando tener un cortejo nupcial en tu boda, es la forma en que se colocaron el tocado de flores (Sí, sí, las coronas de flores ya han sido tendencia mucho antes de los años 70). Cada dama llevaba tres preciosas rosas blancas adornando su pelo que iban colocadas en un lateral, y según la ubicación de cada dama dentro del cortejo, las flores iban a la derecha o izquierda para que siempre estuvieran visibles para los asistentes.

Y no sabría decir si es una tradición o sólo casualidad, pero lo cierto es que en todas las bodas de la realeza británica las damas de honor, pajes y niñas de arras suelen vestir de blanco.

La reina Victoria y el príncipe Alberto el día de su boda el 10 de febrero de 1847; grabado de S. Reynolds.

– ¿Quién dijo que no te podías volver a poner tu vestido de novia?

La reina Victoria adoraba tanto su vestido de novia que no dudó en lucirlo en muchas otras ocasiones… y si lo hace una reina bien lo puede hacer una novia normal.

Está claro que el fast Fashion y la moda ‘casual’ no existía a mediados de 1800, ni en los años siguientes. En aquel tiempo, precisamente, las mujeres usaban vestidos de colores en sus bodas para volver a usarlos en otras ocasiones, sin importar si eran o no mujeres de la alta sociedad, ya que la moda no se pretendía consumista. La reina Victoria estaba enamorada de su vestido de novia, con el que incluso posó para varios retratos oficiales (como en la foto de portada, en un cuadro de Alexander Melville). También solía usar su velo de encaje, con el que hizo enterrarse vestida también de blanco.

Entonces, ¿por qué se supone que una novia moderna no puede elegir un diseño que pueda volver a usar pasada la boda?… Está claro que la moda ha cambiado y no seríamos capaces de imaginar a Lady Di ni a Kate Middleton llevando sus vestidos de novia en un acto oficial, pero sí que existen muchas opciones y estilos de vestidos de slow fashion que se prestan ideales para volver a usar después de la boda. Vamos, que lo que ahora Vogue llama ‘moda circular’ ya lo hacía nuestra querida Queen Victoria.

 


Podríamos seguir analizando todas esas tradiciones que nacieron o se popularizaron a raíz de la boda de la Reina Victoria, tanto dentro del seno de la propia monarquía europea como en la sociedad en general; incluso seguir analizando las –supuestas– ‘tendencias’ para novias actuales que ya llevó ella en su propia boda (¿Qué me dices de su beauty look con recogido pulido y raya en medio?). Y tendríamos que llegar hasta la boda real de Lady Diana Spenser con el príncipe Carlos de Gales para volver a ver la influencia de una novia; aunque en el caso de Diana sólo lo haría en la moda de la década de los 80.

Mientras seguimos a la espera de esa nueva novia llamada a sorprendernos y a volver a marcar las costumbres nupciales del próximo siglo…

¿Será esa novia Meghan Markle?.

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